jueves, 7 de diciembre de 2017

The Marvelous Mrs. Maisel

No todo el mundo sabe que con Amazon Prime tienes acceso a su catálogo de series a la carta a través de Prime Video, y, mucho menos, que entre ellas tiene algunas obras maestras como la recientemente estrenada The Marvelous Mrs. Maisel.

Mrs. Maisel viene a contestar qué pasó con aquellas brillantes alumnas que estudiaban en Wellesley en «La sonrisa de Mona Lisa». ¿Qué hicieron tras graduarse con honores en la misticidad femenina?

Bien, lo consiguieron todo: una formación, un cuerpo fantástico gracias a la gimnasia perenne; un marido, dos hijos (niño y niña, por supuesto), un guardarropa de ensueño y, sobre todo, mantener ese ideal de mujer sin que los demás, y especialmente su marido, se dieran cuenta del trabajo que lleva. Todo ocurre como algo natural, fluido. Que nadie sospeche que hay un gran esfuerzo (y sacrificio) detrás.

Bien, pues cuando has conseguido todo, ¡hasta una boda perfecta que organizas tú misma! ¡Cuando eres un icono de los años 50 hecha mujer! ¿Qué ocurre cuando la perfección no es suficiente? Te han dado unas normas, unas planillas de ejercicios, unos modelos constantes para perpetuar este rol. Lo has hecho todo. Lo has conseguido todo. ¿Y aun así, tu marido te deja?

En serio. Tenemos a una protagonista que espera, pacientemente, peinada y con barra de labios (un símbolo de este periodo, que compran de tres en tres), en la cama, junto a su marido, a que este se duerma para ir a quitarse, en secreto, el maquillaje y las pestañas postizas; a ponerse los rulos y embadurnarse de crema. Y así, de todo menos cómoda, irse a la cama y dormir tal Tutankamon para despertarse antes de que suene el despertador, ir al baño, maquillarse, peinarse, y volver a la cama. Y fingir, cuando suena el despertador, que no lo ha oído ¡oh sorpresa! Ya que las mujeres, por supuesto, están así de divinas cuando se despiertan en la mañana.

Y este es el arranque de la serie donde la protagonista, Maisel, ha estado acompañando y animando la otra carrera de su marido, la “creativa”, como humorista en el Village. Porque también jugaban a hacerse los modernos, a ir con sus jerséis de cuello vuelto de color negro a clubes alternativos donde él hacía monólogos y ella tomaba notas para que mejorara en sus actuaciones. Y aplaudía. Como una auténtica fan de su hombre.

Pero resulta que su marido no solo es un fraude como pareja sino, y quizá más grave, como monologuista, ya que descubre que su actuación es robada. ¡Lo hacen todos, le dice!

Y aquí empieza su verdadero camino como individuo. Conociendo a otras mujeres, otras realidades. Saliendo poco a poco de esos apartamentos de ocho habitaciones de la parte alta de Manhattan. Y descubriendo, también, que la que tenía algo que decir, y de manera divertida, era ella.

A partir de ese momento irán apareciendo fantásticas secundarias, formando entra todas un tejido de mujeres que evidencian la diversidad que había tras la artificial imagen de ama de casa de los años cincuenta y también como, tras la aparente calma del agua estancada, surgía una corriente subterránea que terminará por emerger en los años sesenta.

Tras esta genialidad ­̶ entretenida, inteligente, divertida̶̶  está Amy Sherman-Palladino, una escritora con un estilo rápido y audaz, mordaz como la propia protagonista cuando se sube a un escenario, conocida por Rosanne y las Chicas Gilmore, que nos regala una magnífica madurez creativa.

Amazon ha comprado ya las dos primeras temporadas.

La versión resumida de la serie dirá que es la historia de un ama de casa que decide hacerse monologuista.

Ni es solo un ama de casa ni decide solo hacerse monologuista. Es una mujer que por fin pone en valor todas sus destrezas, innatas y aprendidas, a la vez que deja esa niñez impuesta por una sociedad podrida en sus cimientos.

Y este, el de convertirse en Mujer, es un viaje fascinante.


Os la recomiendo sin duda. 


miércoles, 29 de noviembre de 2017

KNIGHTFALL ¿la caída de los templarios o de HBO?

El 6 de diciembre se estrena Knightfall, la tan esperada aventura épica sobre los cruzados de History Channel que emitirá HBO y que parece llamada a acunar los corazones de los que en estas Navidades echen de menos Juego de Tronos.

Pude acudir al preesteno en España, donde acudió su protagonista Tom Cullen, y, la verdad es que me dejó sentimientos encontrados.

La serie nos narrará la caída de los templarios desde la caída de Acre en 1291, momento en el que arranca la serie, hasta (presumiblemente) su disolución el 13 de octubre de 1307. Viernes, por cierto, y origen de la leyenda de la mala suerte de esta fecha.

En principio, sin ver nada, la historia se presenta muy atrayente: caballeros, uniformes con halo romántico, espadas, batallas y nobles corazones. La Edad Media más idealizada y fantasiosa.

Al arrancar es inevitable pensar, en primer lugar, que se nota que History Channel no necesita un buen piloto para vender la serie: el primer capítulo, como fue el de Vikingos, es un tanto mediocre y muy muy introductorio.

La batalla de Acre es muy decepcionante, ya que las maquetas se hacen tan evidentes que dudas si estás viendo una gran producción o una de esas películas... Los personajes, maniqueos y sin fuerza. 

Algo está mal cuando se reúnen con el representante del Sultán y la historia que quieres ver es la de los musulmanes: qué interesante, qué ropajes, ¿saldrá qué ocurre desde ese lado y podremos comparar las culturas? ¿Y por qué luchan ellos?

No.

Decepción.

Así que nos quedamos solamente con la otra parte de la historia: la del hombre, blanco, cristiano, miembro de un “club” (de ricos, los templarios) que se dedica a prestar dinero, hacerse rico y a matar musulmanes. (¿?)

Como os imagináis, a estas alturas, la historia me pareció bastante inadecuada y arcaica en el peor de los sentidos. No sé qué pretende History Channel; igual este es el comienzo y dará giros poco a poco hacia la alianza de civilizaciones o, simplemente, a mostrar la complejidad que la época tuvo.

Veremos.

Pero me temo también que siga la estela de «El Código Da Vinci» de Dan Brown y sus secuaces. Empezando por asumir el dogma de fe de que el Santo Grial existió. Físicamente. Y que se luchan por símbolos y creencias y no por aprovechar oportunidades, acumular poder y riquezas. Un poco infantil para el público de HBO.

Algunos personajes secundarios seducen a la cámara y otros protagonistas son absorbidos por los estereotipos.  El Papa Bonifacio VIII (Jim Carter) está genial, además ¡nos alegra que el mayordomo de Downton Abbey haya ascendido!

En cambio, otros, como Guillermo de Nogaret (Julian Ovenden), personaje histórico con gran relevancia en la trama por venir, pasa por completo desapercibido y no suscita el más mínimo interés.

Para el resto de los actores creo, simplemente, que los papeles les han llegado demasiado pronto, y no ayuda a darle credibilidad a la trama.

El protagonista Landry, el caballero templario, está interpretado por Tom Cullen, que contaba con 31 años cuando se rodaron los capítulos. Y se nota. Físicamente tiene fuerza, pero le falta solera: nos contraponen el presente con 15 años atrás, cuando sucedió el asedio de Acre y lucho ferozmente con… ¿16 años?

Lo mismo ocurre con Juana de Navarra, madre de una adolescente Isabel, interpretada por Olivia Ross con ¿29 años? ¿Y hace de madura sexy que impone su voluntad de forma velada?

Creo que si se hubiera hecho la serie, por ejemplo, siete años más tarde hubiera beneficiado a todos, tanto a los actores y a su presencia, aportando verosimilitud y fuerza a los personajes, como al guion, que adolece de simpleza y de conocimiento superficial de la historia.

Y es que en el segundo capítulo la princesa Isabel grita a los cuatro vientos que quiere casarse y ser reina ¿de Cataluña? Este “detalle” no solo provocó la risa generalizada en la sala, si no que, a los historiadores presentes en la sala, nos ha hecho ponernos a la defensiva y desconfiar, por norma, de todo lo que se cuente. ¿Es este el rigor de una serie “histórica” de un millón de euros?

Por cierto, History Channel, qué pasa con la cabecera ¿no hay? ¿Falta esa obra de arte de síntesis cinematográfica que es la entradilla audiovisual? ¿No la tienen lista? La cabecera de Isabel es insuperable, pero hay que intentar con alguna que se la parezca. De nada.

En definitiva, estos dos primeros capítulos fueron un disparate; entretenido, violento y con sexo gratuito, pero inconexo y un tanto improvisado, que no sabemos cómo van a evolucionar. Al final del segundo se vislumbra un cambio de ritmo y empezamos a preguntarnos cosas, pero ni es Vikingos, ni El Ministerio del Tiempo, ni Los Borgia, producción, por cierto, de la que ha aprovechado parte del decorado en sus estudios en Praga. 

Seguiré la serie, la curiosidad de ver cómo salen de este embrollo es demasiado grande. Aunque al mismo tiempo temo que se quede en esta visión de la historia fragmentada, distorsionada y simplificada, que poco puede aportar si no la simplificación de nuestro propio pensamiento.


Espero que la calidad de los guionistas me sorprenda.



Plus de cotilleo: en el IMDb de Tom Cullen pone que mide 1,85cm. Solo puedo decir que hemosido engañados

domingo, 24 de abril de 2016

Underground

Cada vez me cuesta más recomendar series. Seamos sinceros, la mayoría o son basura o puro divertimento: repeticiones eternas a partir de una melodía que en un momento funcionaron. Un eterno lieder. Bueno, sin la poesía.

El año pasado apenas UnReal y el Ministerio del Tiempo tuvieron la calidad y la originalidad necesaria para ser reseñadas. Series que tras verlas, muchos meses después, siguen dando vueltas en tu cabeza. Algún capítulo hasta en tu corazón.

Este año, éste, es el año de Underground. Por supuesto una serie casi desconocida, que cuenta, ahora mismo, con un solo voto en Filmaffinity. El mío. Pero es una serie al nivel del film La caza de Vinterberg; ese tipo de historias al que das vueltas y vueltas. Que meses después, de repente, te vuelve a rondar. A acongojar. A despertar dudas.

Y es que Underground es la historia de un grupo de esclavos que escapan de una plantación de Georgia para conseguir la libertad. Para ello tendrán que concluir con un recorrido de casi 1000 kilómetros: la Underground Railroad.

La ruta Underground fue una ruta de escape formada por rutas secretas y casas seguras utilizada en el siglo XIX por los esclavos que querían llegar a los estados del Norte y a Canadá para conseguir su libertad. Se estima que en los años más utilizado hasta 1000 esclavos al año habían utilizaban esta ruta, donde recibían ayuda de abolicionistas negros, blancos e indios americanos (como veremos en la serie).

Con dos capítulos iniciales un tanto melodramáticos, y no por ello menos ciertos, llegaremos a entender, o no, porque todo el mundo es libre y nadie puede decir lo contrario. Y punto.

Vemos la diferencia entre los que viven en la "casa grande" a los que trabajan en los campos de algodón:

Quizá lo primero es más cómodo, pero la vida constante como sirviente tiene sus peculiaridades; pasando siempre por tus narices los lujos, escuchando conversaciones donde se habla de los tuyos como animales...no puedo sino pensar en todas esas mujeres que durante el siglo XX venían a Madrid (y otras ciudades) a servir. Historias reales de cómo a las criadas les daban un huevo de oca para las tres: esa era toda la cena. O como, cuando tenían una "buena" señora les dejaban llevarse las migas de mesa.

Por otro lado, los menos "mulatos", los menos refinados o habilidosos que trabajan en los campos de algodón. Donde reciben latigazos si no llegan a (su) mínimo. Pero a la vez, gracias a vivir a parte, lejos de la casa de los blancos, pueden tener sus propias tradiciones, relaciones; un pedacito de vida propia. (También de esto hemos sabemos en los campos de nuestro país. Aún hay abuelos que al empleador le llama amo. ¡Amo!. La mía, por ejemplo).

Pero no nos engañemos. Pronto nos dejan claro dos cosas:

- Estos hombre y mujeres son esclavos porque han nacido a un lado de una línea. Como los sirios. A un lado sí, a otro lado no. A un lado son una pertenencia, sin posibilidad de poseer nada; ni sus propios hijos. Y al otro serían libre; con posibilidad de tener una mujer, un marido, unos hijos. Una vida.

- No hay grandes reflexiones filosóficas. Son esclavos, y lo serán, por mucha ética que exista, porque es un sistema productivo basado en el trabajo con mano de obra barata, aquí la esclava. Ganan dinero así, lo máximo. Y piensen lo que piensen siempre querrán ganar dinero. Cueste lo que cueste (a los demás). Si tienen esclavos es porque pueden. Porque quieren. (Esto también nos suena aunque la esclavitud moderna sea económica, y en vez de esclavos los llamemos trabajadores pobres). Un sistema montado para la extrema riqueza de unos pocos.

La serie es apabullante. Cada capítulo es más y más interesante, contándonos cosas sorprendentes, narrándonos esos detalles de la historia que no sabemos, o que no queremos saber. Como los esclavos son menos que animales, pero para un polvete nos sirven. O como separamos familias por mero interés económico. Como sangran las manos y se tiñe el algodón de los campos. De qué color es el agua que beben. A qué penas se arriesgaban aquellos, blancos o negros, que les ayudaban en su huida. Quien elegía trabajar como caza-esclavos. Como se mandaban pistas a través de las canciones. Como conocer o no qué es la estrella polar te puede dar la clave de hacia a dónde huir...

Como estas, mil cosas. Con cada capítulo la historia gana en intensidad y las ganas de saber todos los detalles. Hay tanto que aprender. O por lo menos, yo, mujer blanca europea tengo taaanto que aprender de este momento de la historia que casi todo es sorprendente.

El elenco de actores es bueno, los capítulos están bien narrados, los exteriores son impresionantes. Técnicamente la serie es de calidad, pero me temo que, al estilo de Tremé que en Europa vimos cuatro locos, pasará desapercibida.

Yo, humildemente, espero a contribuir a que no se os pase por alto. No os engaño; no es una serie para echarse una risas. Bueno, supongo que si eres un psicópata o un racista (que están a la par). No, si eres racista ve y observa. Intenta empatizar. No me puedo creer que puedas ser indiferente al sufrimiento de otro ser humano. Quiero creer que es pura ignorancia.

Y aprende. Nos está pasando de nuevo. Tenemos a miles y miles de seres humanos recorriendo miles de kilómetros en busca de la libertad. No por ser de un color diferente a la mayoría en ese territorio; es por crecer en el lado equivocado. En la clase social equivocada.

No dejéis de verla.


P.D. En la actualidad la esclavitud se considera un crimen contra la humanidad. Nunca ha existido un número tan alto de esclavos como en nuestro siglo. 




domingo, 14 de febrero de 2016

Dios es el arte


Llevo mas de tres meses sin actualizar este blog. No ha sido por falta de ganas. Y si por la complejidad del tema. Porque, como contaros que, siendo atea, he descubierto a Dios­­ ¿?

Y, sobre todo, como  contar que ¿Dios es arte, y el arte es Dios?

Y todo empieza, como es de esperar, en el principio. En el principio del camino. Del Camino a Santiago, claro. En ese camino que sigue al sol y a las estrellas. Ese camino que el hombre comienza al este, en su juventud, en su inexperiencia, y que sigue la vía láctea hacia su ocaso, su declive: hacia el oeste. Y, siendo tan antropocéntricos, por supuesto, hacia nuestro fin; que siempre lo  interpretaremos como el fin del mundo.

Y  es que el Camino a Santiago, camino místico y Calle mayor de Europa, acumula la energía de millones de personas que desde la Edad Media pisan y configuran sus surcos. Miles de sueños, de palabras, de lágrimas que dejaron su impronta a lo largo de los siglos.

Supongo que también, a lo largo de  su historia, miles de peregrinos han encontrado a Dios, como yo lo hice, entre estas huellas. Personas fatigadas, doloridas, arrastradas por el simple impulso de ir hacia delante. De poner un pie delante de otro dejándose llevar por el destino.

Y es que, como pude comprobar, para encontrar a Dios es fundamental estar cansado. Muy cansado. Dolorosamente cansado.

Y es que este agotamiento te vacía la mente de manera asombrosa. Llegar a sentir el cuerpo en toda su molesta pesadez para llegar a un momento en el que, simplemente, ya no está ahí. Necesitas volverte todo mente para que el dolor no te arrastre. Es un tipo de meditación a través del ejercicio moderado pero constante.

Obviamente te libera de muchas cosas. Cuando una ampolla duele en toda su “grandeza”, ni piensas en exámenes ni en discusiones con parejas. Ni en nada. La energía es limitada. La fuerza también. Y no la vas a malgastar en nada que venga de más atrás o que sobrepase los 10 minutos más inmediatos.

El silencio es otro de los requisitos para encontrar a Dios. No por nada dicen que el verdadero peregrino camina en silencio. Bueno, las pocas ganas que te quedan de conversación intrascendente debe de influir un poco, pero vamos a su aspecto más metafísico.

Y es que el silencio es fundamental para poder disfrutar de la propia naturaleza. No solo en su aspecto más obvio –el sonoro-, sino que se necesita de la concentración que otorga el silencio para poder disfrutar de los otros sentidos: de las magníficas vistas, de los colores, de las miradas de otros animales, de los olores de flores y árboles.

En mi caso fue fundamental para apreciar la compañía inesperada de ciertos animales: al comenzar fueron los cuervos los que me acompañaron durante varias jornadas. Pasito a pasito, poste a poste, siempre estaban a mi vera.

Durante dos días fueron las mariposas: no se cansaron de revolotear alrededor de mi, de manera sorprendente.

Luego vino la inesperada visita de tres caballos: bajaron al galope desde la lejanía, tan deprisa que temí que saltaran el cercado. Se pararon justo a la linde, mirándome fijamente durante 2 minutos. Después se dieron la vuelta y deshicieron su camino de nuevo hasta que los perdí de vista.

Y durante mis días cruzando los tenebrosos bosques gallegos –donde desde temprano había gente a su entrada esperando a otro peregrino para cruzar acompañados– un petirrojo me acompañó la mayor parte del tiempo mostrándome el camino.

Y  tras el cansancio, el silencio y la compañía de los animales llega, inevitablemente, el deseo de estar con otros humanos. En esos ratillos en los que reconoces a los tuyos: los que hablan tu idioma. Vamos, mamíferos que vocalizan y articulan palabras y que piensan y viven como tú.

Y este es el cóctel explosivo que te predispone, o, en realidad, la mezcla perfecta necesaria para encontrar a Dios.

Y en mi caso esta revelación se dio en Rabanal del Camino; una aldea con una energía especial que se nota nada más llegar.

Es sorprendente ver, a lo largo del Camino, que hay pueblos de perros y pueblos de gatos. Una cosa muy extraña. Pero el animal que recibe al peregrino a la entrada te da muchas pistas de lo que te vas a encontrar.

Y aunque me encontré perros simpatiquísimos y conviviendo en armonía con otros animales, entre ellos gatos, siempre los pueblos genuinamente felinos fueron los más misteriosos.

Rabanal es un pueblo de gatos. Mayoritariamente. O al menos a mí me recibieron. Y un perro adorable al que le faltaba una patita, bien lustroso.

En él todo discurre a lo largo de calle mayor y de la abadía benedictina de San Salvador del Monte Irago. Estos monjes, apenas seis, llevan a cabo una de las reuniones más especiales de todo el Camino.
Y es que, al caer la noche, convocan a los peregrinos –diría que los único feligreses de la zona- independientemente de su país o religión, a reunirse y, simplemente, cantar gregoriano.

En esta liturgia, Vísperas, celebrada en una antigua iglesia de origen románico despojada de todo adorno (y falta de reparaciones básicas), cantando al unísono gracias al libreto que nos facilitaron los monjes en cinco idiomas, con la lengua común europea que fue el latín; en penumbra, en recogimiento, bajo grietas en la bóveda y en ropa de deporte…ahí, justo ahí, descubrí a Dios.

Y todavía es más importante que, en ese mismo momento, también supe, con claridad, qué es Dios.

Y es que Dios es el arte.

Y me sentí orgullosa.

Como historiadora del arte.

Y como humanista.

Porque ese éxtasis, esa sensación tan especial; esa energía eléctrica que hacia brotar lágrimas a borbotones; ese salir del cuerpo y flotar, ese sentirse parte de un colectivo. Sentirse acompañado. Ser acompañado. Ser. Todo eso, y más, se lograba a través del arte. Es fruto del arte. La manifestación suprema del ser humano. La materialización de nuestro pensar más abstracto, de las matemáticas, de los impulsos cerebrales más básicos.

Y es que si quieres descubrir que decimos cuando hablamos de obra de arte total, haz el Camino.

Esa era la obra de arte total. Eso que a veces llamamos sentir la presencia de Dios. Eso es la combinación perfecta, en tiempo y forma, de arquitectura, pintura, escultura, lenguaje, olores, música, escenografía…

En ese momento el esfuerzo de tantos artistas cobraron forma y sentido.

Esa iglesia románica, en estado de semi-abandono, sufriente como nuestros cuerpos; pero armoniosa, con proporciones que favorecen el recogimiento. Con una oscuridad adecuada a un pueblo de montaña; a la luz del atardecer.

Con pinturas que acrecientan su geometría, el orden bajo los adornos. Con colores sencillos, austeros, como es el peregrino. Básicos. Andar hacia delante, pintar hacia delante. Sin más florituras.
El olor a cal, a humedad, a cueva. A refugio.

El frio de las paredes pero el calor de la congregación. El calor del abrigo. De nuestros abrigos. Allí no había ropas de domingo. Llevábamos hábitos como los monjes, que iban de negro. Sencillos, prácticos, nuestra segunda piel. Lo que somos sin más. Sin adornos. Sin afeites. Como los muros que nos cobijaban dela fría noche.

La música. ¡Ay, la música! Bello es sin dudar el cantar de los pájaros, pero las composiciones a las que ha llegado el ser humano son incomparables. Que felicidad la de volver a escuchar notas, y la voz grave del gregoriano. El arrullo de congéneres que cantan a la vez. ¡Qué placer!

Y el poder a través de la palabra.  Un arte que, a veces, olvidamos. No es lo mismo usar una que usar otra. No existen sinónimos. Su utilización, tanto escrita como hablada; su entonación, su cadencia. Es todo.
Y aquí hablamos en cinco idiomas y en latín. Cantamos y hablamos de sufrimiento, y de no rendirse. 

«Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada […]». Romanos 15, 1-3

«Hermanos míos: teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna». Santiago 1, 2-4

No por nada dicen que la fe, como virtud, es la fuerza interior que te permite someterte a las situaciones más adversas, de necesaria aplicación en el camino de la sabiduría.

Supongo que yo encontré la fe. Y a Dios. Y después descubrí que es el arte. ¡Ay, el arte! Todavía no me han perdonado que con Matrícula de Honor me dedicara a estos derroteros. Pero, qué hay mas importante. Qué disciplina engloba igual a todas las demás. Qué es eso que nos influye en el día a día- a través de nuestro entorno, de los colores, de la ropa, de la música-. Lo que nos evade cuando estamos saturados y nos da fuerzas cuando no podemos más.

Puede que en el día a día lo ignoremos. Leemos un libro, decimos. Vamos a una visita guiada, dirán. Sin darse cuenta de la importancia que tienen las palabras; en los demás, en nosotros. En quien las piensa, quien las dice, y quien las escucha.
Parece que nos da igual ir por una calle limpia que sucia; cruzar un edificio u otro. Cruzar una carretera o un río. Vestir de rojo que de marrón. Llevar lavanda o argán.

El arte es todo. Todo es el arte. Es la manifestación mas completa de nuestra perfección e imperfección como seres vivos. Pero es sin duda, humano. Aunque a veces lo llamemos Dios.

No es síndrome de Stendhal, es mucho más. Ya lo experimenté de forma más focalizada con anterioridad; con el Marat asesinado de David, con el Pierrot de Watteau, La Joven de la Perla o la Victoria de Samotracia. Pero en todas las ocasiones fue en el entorno aséptico de un museo; y nunca antes en ropa de deporte y en chanclas con calcetines.

Donde no encontré a Dios, sin duda, fue en la Catedral de Santiago. Pero de eso, amigos, hablaremos otro día.

Hoy me quedaré con esta sensación de plenitud absoluta, de propósito, de sentido de la vida que es el arte. Cuatro letras minúsculas con sentido mayúsculo.

domingo, 25 de octubre de 2015

El Camino: a flower in the mountain

El Camino de Santiago es un camino milenario que durante siglos ha ido creando peregrinos por todo el mundo. Patrimonio de la Humanidad, Itinerario Cultural Europeo y Calle mayor de Europa, entre sus recovecos y ramificaciones el arte surge a borbotones invitando al disfrute y la reflexión. Si es común decir que existen dos tipos de personas: los que han sido Erasmus, y los que no,  también podemos hablar de los que han sido peregrinos del Camino y los que (aun) no.

Durante quince días he caminado, mayoritariamente sola y en silencio, por el Camino francés, disfrutando del otoño y del arte del Camino. Y es que este arte no es solo monasterios e iglesias, santuarios y ermitas: es también ese arte popular que te acompaña a cada paso. 


Un arte lleno de emoción, que se siente cercano y lleno de cariño. Son las cruces de madera que se dejan en las alambradas: los montículos de piedras sobre cualquier superficie. Las fotos, los altares improvisados. Los mensajes de ánimo y frases inspiradoras. Son los graffitis que te desean ¡Buen Camino!, que te dicen ¡Ultreia! y te recuerdan que seas tú mismo.




Este arte es hermoso. Te recuerdan los miles de pies que han pasado delante de ti: y te invita a dejar tu mensaje a los que vendrán detrás: "no te desanimes", "no te rindas", "un poco más". Y, sobre todo: "párate y disfruta".

Párate y disfruta porque el horror de las prisas también han llegado al Camino. Diez kilómetros más: es muy pronto para pararme...a veces se convierte en un entrenamiento en pista. ¡No! No me digas que has llegado demasiado temprano si no te has parado en el Monasterio de Samos; si no has recorrido sus claustros, su perímetro habitado por patos y gatos. Si no has bajado a visitar la ermita y su ciprés milenario.

Párate y disfruta. Disfruta de los tonos otoñales, tan parecidos a los de la roca: a los de la piedra tallada. Para y fíjate en los helechos, en las bayas: en las telarañas gigantes en un prado helado. En el color de las viñas. En la grandeza de las montañas.




Párate y escucha. Quítate los dichosos cascos que llenan tu vacío, que te aceleran. Escucha a las aves que te acompañaran durante el Camino. Cantan para ti: no las ignores. Escucha a los castaños: te advierten antes de tirar proyectiles puntiagudos: quien avisa, no es traidor. Escucha a los árboles en los días de viento: te cuentan cosas aunque no sepas su idioma.


Párate. Disfruta. No es una carrera. No hay una meta. Es un camino. Es el Camino. Canta si quieres. Silba. Rie o llora. Haz lo que quieras. Pero no enciendas el móvil, ni mires el GPS. Una flecha amarilla es todo lo que necesitas. A veces las ves, y otras las sientes.



Párate y disfruta. Y no te rindas, y no desesperes. El dolor también te dice que frenes. Vigila cada paso, y déjate llevar. No tengas miedo. Solo anda. Camina. Hacia delante. No hay más.