domingo, 14 de febrero de 2016

Dios es el arte


Llevo mas de tres meses sin actualizar este blog. No ha sido por falta de ganas. Y si por la complejidad del tema. Porque, como contaros que, siendo atea, he descubierto a Dios­­ ¿?

Y, sobre todo, como  contar que ¿Dios es arte, y el arte es Dios?

Y todo empieza, como es de esperar, en el principio. En el principio del camino. Del Camino a Santiago, claro. En ese camino que sigue al sol y a las estrellas. Ese camino que el hombre comienza al este, en su juventud, en su inexperiencia, y que sigue la vía láctea hacia su ocaso, su declive: hacia el oeste. Y, siendo tan antropocéntricos, por supuesto, hacia nuestro fin; que siempre lo  interpretaremos como el fin del mundo.

Y  es que el Camino a Santiago, camino místico y Calle mayor de Europa, acumula la energía de millones de personas que desde la Edad Media pisan y configuran sus surcos. Miles de sueños, de palabras, de lágrimas que dejaron su impronta a lo largo de los siglos.

Supongo que también, a lo largo de  su historia, miles de peregrinos han encontrado a Dios, como yo lo hice, entre estas huellas. Personas fatigadas, doloridas, arrastradas por el simple impulso de ir hacia delante. De poner un pie delante de otro dejándose llevar por el destino.

Y es que, como pude comprobar, para encontrar a Dios es fundamental estar cansado. Muy cansado. Dolorosamente cansado.

Y es que este agotamiento te vacía la mente de manera asombrosa. Llegar a sentir el cuerpo en toda su molesta pesadez para llegar a un momento en el que, simplemente, ya no está ahí. Necesitas volverte todo mente para que el dolor no te arrastre. Es un tipo de meditación a través del ejercicio moderado pero constante.

Obviamente te libera de muchas cosas. Cuando una ampolla duele en toda su “grandeza”, ni piensas en exámenes ni en discusiones con parejas. Ni en nada. La energía es limitada. La fuerza también. Y no la vas a malgastar en nada que venga de más atrás o que sobrepase los 10 minutos más inmediatos.

El silencio es otro de los requisitos para encontrar a Dios. No por nada dicen que el verdadero peregrino camina en silencio. Bueno, las pocas ganas que te quedan de conversación intrascendente debe de influir un poco, pero vamos a su aspecto más metafísico.

Y es que el silencio es fundamental para poder disfrutar de la propia naturaleza. No solo en su aspecto más obvio –el sonoro-, sino que se necesita de la concentración que otorga el silencio para poder disfrutar de los otros sentidos: de las magníficas vistas, de los colores, de las miradas de otros animales, de los olores de flores y árboles.

En mi caso fue fundamental para apreciar la compañía inesperada de ciertos animales: al comenzar fueron los cuervos los que me acompañaron durante varias jornadas. Pasito a pasito, poste a poste, siempre estaban a mi vera.

Durante dos días fueron las mariposas: no se cansaron de revolotear alrededor de mi, de manera sorprendente.

Luego vino la inesperada visita de tres caballos: bajaron al galope desde la lejanía, tan deprisa que temí que saltaran el cercado. Se pararon justo a la linde, mirándome fijamente durante 2 minutos. Después se dieron la vuelta y deshicieron su camino de nuevo hasta que los perdí de vista.

Y durante mis días cruzando los tenebrosos bosques gallegos –donde desde temprano había gente a su entrada esperando a otro peregrino para cruzar acompañados– un petirrojo me acompañó la mayor parte del tiempo mostrándome el camino.

Y  tras el cansancio, el silencio y la compañía de los animales llega, inevitablemente, el deseo de estar con otros humanos. En esos ratillos en los que reconoces a los tuyos: los que hablan tu idioma. Vamos, mamíferos que vocalizan y articulan palabras y que piensan y viven como tú.

Y este es el cóctel explosivo que te predispone, o, en realidad, la mezcla perfecta necesaria para encontrar a Dios.

Y en mi caso esta revelación se dio en Rabanal del Camino; una aldea con una energía especial que se nota nada más llegar.

Es sorprendente ver, a lo largo del Camino, que hay pueblos de perros y pueblos de gatos. Una cosa muy extraña. Pero el animal que recibe al peregrino a la entrada te da muchas pistas de lo que te vas a encontrar.

Y aunque me encontré perros simpatiquísimos y conviviendo en armonía con otros animales, entre ellos gatos, siempre los pueblos genuinamente felinos fueron los más misteriosos.

Rabanal es un pueblo de gatos. Mayoritariamente. O al menos a mí me recibieron. Y un perro adorable al que le faltaba una patita, bien lustroso.

En él todo discurre a lo largo de calle mayor y de la abadía benedictina de San Salvador del Monte Irago. Estos monjes, apenas seis, llevan a cabo una de las reuniones más especiales de todo el Camino.
Y es que, al caer la noche, convocan a los peregrinos –diría que los único feligreses de la zona- independientemente de su país o religión, a reunirse y, simplemente, cantar gregoriano.

En esta liturgia, Vísperas, celebrada en una antigua iglesia de origen románico despojada de todo adorno (y falta de reparaciones básicas), cantando al unísono gracias al libreto que nos facilitaron los monjes en cinco idiomas, con la lengua común europea que fue el latín; en penumbra, en recogimiento, bajo grietas en la bóveda y en ropa de deporte…ahí, justo ahí, descubrí a Dios.

Y todavía es más importante que, en ese mismo momento, también supe, con claridad, qué es Dios.

Y es que Dios es el arte.

Y me sentí orgullosa.

Como historiadora del arte.

Y como humanista.

Porque ese éxtasis, esa sensación tan especial; esa energía eléctrica que hacia brotar lágrimas a borbotones; ese salir del cuerpo y flotar, ese sentirse parte de un colectivo. Sentirse acompañado. Ser acompañado. Ser. Todo eso, y más, se lograba a través del arte. Es fruto del arte. La manifestación suprema del ser humano. La materialización de nuestro pensar más abstracto, de las matemáticas, de los impulsos cerebrales más básicos.

Y es que si quieres descubrir que decimos cuando hablamos de obra de arte total, haz el Camino.

Esa era la obra de arte total. Eso que a veces llamamos sentir la presencia de Dios. Eso es la combinación perfecta, en tiempo y forma, de arquitectura, pintura, escultura, lenguaje, olores, música, escenografía…

En ese momento el esfuerzo de tantos artistas cobraron forma y sentido.

Esa iglesia románica, en estado de semi-abandono, sufriente como nuestros cuerpos; pero armoniosa, con proporciones que favorecen el recogimiento. Con una oscuridad adecuada a un pueblo de montaña; a la luz del atardecer.

Con pinturas que acrecientan su geometría, el orden bajo los adornos. Con colores sencillos, austeros, como es el peregrino. Básicos. Andar hacia delante, pintar hacia delante. Sin más florituras.
El olor a cal, a humedad, a cueva. A refugio.

El frio de las paredes pero el calor de la congregación. El calor del abrigo. De nuestros abrigos. Allí no había ropas de domingo. Llevábamos hábitos como los monjes, que iban de negro. Sencillos, prácticos, nuestra segunda piel. Lo que somos sin más. Sin adornos. Sin afeites. Como los muros que nos cobijaban dela fría noche.

La música. ¡Ay, la música! Bello es sin dudar el cantar de los pájaros, pero las composiciones a las que ha llegado el ser humano son incomparables. Que felicidad la de volver a escuchar notas, y la voz grave del gregoriano. El arrullo de congéneres que cantan a la vez. ¡Qué placer!

Y el poder a través de la palabra.  Un arte que, a veces, olvidamos. No es lo mismo usar una que usar otra. No existen sinónimos. Su utilización, tanto escrita como hablada; su entonación, su cadencia. Es todo.
Y aquí hablamos en cinco idiomas y en latín. Cantamos y hablamos de sufrimiento, y de no rendirse. 

«Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada […]». Romanos 15, 1-3

«Hermanos míos: teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna». Santiago 1, 2-4

No por nada dicen que la fe, como virtud, es la fuerza interior que te permite someterte a las situaciones más adversas, de necesaria aplicación en el camino de la sabiduría.

Supongo que yo encontré la fe. Y a Dios. Y después descubrí que es el arte. ¡Ay, el arte! Todavía no me han perdonado que con Matrícula de Honor me dedicara a estos derroteros. Pero, qué hay mas importante. Qué disciplina engloba igual a todas las demás. Qué es eso que nos influye en el día a día- a través de nuestro entorno, de los colores, de la ropa, de la música-. Lo que nos evade cuando estamos saturados y nos da fuerzas cuando no podemos más.

Puede que en el día a día lo ignoremos. Leemos un libro, decimos. Vamos a una visita guiada, dirán. Sin darse cuenta de la importancia que tienen las palabras; en los demás, en nosotros. En quien las piensa, quien las dice, y quien las escucha.
Parece que nos da igual ir por una calle limpia que sucia; cruzar un edificio u otro. Cruzar una carretera o un río. Vestir de rojo que de marrón. Llevar lavanda o argán.

El arte es todo. Todo es el arte. Es la manifestación mas completa de nuestra perfección e imperfección como seres vivos. Pero es sin duda, humano. Aunque a veces lo llamemos Dios.

No es síndrome de Stendhal, es mucho más. Ya lo experimenté de forma más focalizada con anterioridad; con el Marat asesinado de David, con el Pierrot de Watteau, La Joven de la Perla o la Victoria de Samotracia. Pero en todas las ocasiones fue en el entorno aséptico de un museo; y nunca antes en ropa de deporte y en chanclas con calcetines.

Donde no encontré a Dios, sin duda, fue en la Catedral de Santiago. Pero de eso, amigos, hablaremos otro día.

Hoy me quedaré con esta sensación de plenitud absoluta, de propósito, de sentido de la vida que es el arte. Cuatro letras minúsculas con sentido mayúsculo.

domingo, 25 de octubre de 2015

El Camino: a flower in the mountain

El Camino de Santiago es un camino milenario que durante siglos ha ido creando peregrinos por todo el mundo. Patrimonio de la Humanidad, Itinerario Cultural Europeo y Calle mayor de Europa, entre sus recovecos y ramificaciones el arte surge a borbotones invitando al disfrute y la reflexión. Si es común decir que existen dos tipos de personas: los que han sido Erasmus, y los que no,  también podemos hablar de los que han sido peregrinos del Camino y los que (aun) no.

Durante quince días he caminado, mayoritariamente sola y en silencio, por el Camino francés, disfrutando del otoño y del arte del Camino. Y es que este arte no es solo monasterios e iglesias, santuarios y ermitas: es también ese arte popular que te acompaña a cada paso. 


Un arte lleno de emoción, que se siente cercano y lleno de cariño. Son las cruces de madera que se dejan en las alambradas: los montículos de piedras sobre cualquier superficie. Las fotos, los altares improvisados. Los mensajes de ánimo y frases inspiradoras. Son los graffitis que te desean ¡Buen Camino!, que te dicen ¡Ultreia! y te recuerdan que seas tú mismo.




Este arte es hermoso. Te recuerdan los miles de pies que han pasado delante de ti: y te invita a dejar tu mensaje a los que vendrán detrás: "no te desanimes", "no te rindas", "un poco más". Y, sobre todo: "párate y disfruta".

Párate y disfruta porque el horror de las prisas también han llegado al Camino. Diez kilómetros más: es muy pronto para pararme...a veces se convierte en un entrenamiento en pista. ¡No! No me digas que has llegado demasiado temprano si no te has parado en el Monasterio de Samos; si no has recorrido sus claustros, su perímetro habitado por patos y gatos. Si no has bajado a visitar la ermita y su ciprés milenario.

Párate y disfruta. Disfruta de los tonos otoñales, tan parecidos a los de la roca: a los de la piedra tallada. Para y fíjate en los helechos, en las bayas: en las telarañas gigantes en un prado helado. En el color de las viñas. En la grandeza de las montañas.




Párate y escucha. Quítate los dichosos cascos que llenan tu vacío, que te aceleran. Escucha a las aves que te acompañaran durante el Camino. Cantan para ti: no las ignores. Escucha a los castaños: te advierten antes de tirar proyectiles puntiagudos: quien avisa, no es traidor. Escucha a los árboles en los días de viento: te cuentan cosas aunque no sepas su idioma.


Párate. Disfruta. No es una carrera. No hay una meta. Es un camino. Es el Camino. Canta si quieres. Silba. Rie o llora. Haz lo que quieras. Pero no enciendas el móvil, ni mires el GPS. Una flecha amarilla es todo lo que necesitas. A veces las ves, y otras las sientes.



Párate y disfruta. Y no te rindas, y no desesperes. El dolor también te dice que frenes. Vigila cada paso, y déjate llevar. No tengas miedo. Solo anda. Camina. Hacia delante. No hay más. 











jueves, 10 de septiembre de 2015

UnReal

Érase una vez un verano tan flojo tan flojo que apenas había series que nos ayudaran a pasar con cierto placer los 40 grados a la sombra. A lo mejor las nuevas temporadas de Rectify y Master of Sex, ambas mejores que las anteriores, nos han dado alguna alegría...

Pero entonces llegó ella. La super serie. El It. El Must. El super-discovery: UnReal (o como espero que la llamen en castellano: SuReal). Una serie de 10 capítulos que querrás verlos del tirón (si puedes). Estás avisado.



Y es que érase una vez un show llamado Everlasting ("eterno") donde jóvenes casaderas acuden en tropel para casarse con un fantástico soltero; un reconvertido Casanova. Rubio, guapo, rico...el auténtico Príncipe Encantador: porque hasta es británico y está emparentado con la familia real. Un amor.¿No?


Y que decir de las participantes: todas de su misma altura (sea la que sea), de su mismo peso (claro); guapísimas y peinadísimas desde que se levantan. Voluntariosas y luchando por su amor como si no hubiera más hombres en el planeta. Per-fec-tas.

Bueno, pues la serie no va sobre ellos. Noooo. En esta serie te cuentan porqué se monta un reality show como Everlasting (para ganar dinero, básicamente), como eligen a las concursantes (con la ayuda de una psicóloga) y como manipulan el día a día para conseguir la deseada audiencia. Brutal. 

¿Real? unReal, como dice el título. Y de ahí mi traducción al castellano: surreal. Esto es, por encima de la realidad. Es taaan real que te cuesta verlo maquillado tras la "otra realidad". Sobrepasa la realidad; y no por ello es falso. Al contrario. Es tan real que cuesta creérselo. Como humanos, simplemente, no nos podemos creer algo así. ¿Pero será cierto?

La protagonista en realidad es la Rachel Golbert (Shiri Appleby); una joven productora que se ve obligada a volver a trabajar en este tipo de televisión después de perderlo todo una "crisis nerviosa" sufrida en la anterior temporada del show. Delante de las cámaras, por supuesto. Como casi todo lo que ocurre en su vida. Y hace toda una declaración de intenciones al volver llevando la (ya famosa) camiseta: "This is what a feminist looks like".

Lo que veremos es cómo estas intenciones van mudando -o no- a lo largo del rodaje. Un rodaje en donde los productores son capaces de casi todo para conseguir suficiente metraje. Lo que sea para que Everlasting tenga tanta acción como Juego de Tronos. Por poner un ejemplo "movidito".

Por supuesto la serie está llena de grises y tampoco es todo tan sencillo como parece. Entre las críticas más recurrentes y compleja veremos el de la situación y el rol de la mujer: tanto dentro como fuera de la cámara. Y no sé que es peor: si las bimbos peleandose por el rubiales o las productoras y las becarias luchando (con reglas que no son las suyas) por un sitio en este negocio. Muy deprimente. Techo de cristal ¡allá vamos!

No cuento más porque el factor sorpresa en esta serie es importante, y además las reflexiones de este calibre deben realizarse a solas. Eso sí, es un melodrama mordaz, agresivo, certero y lacerante. Vamos, surreal. Totally unReal. ¡Suerte!




domingo, 5 de julio de 2015

El Pierrot de Watteau

Para sentir una obra de arte hay que verla en persona. Solo así puedes sentir la energía que emana de la pintura, de la mezcla de los pigmentos. Así te llegan las imperfecciones, los surcos de los pelos de las brochas. En persona sé si un pintor era un soñador, un artesano o un psicópata. Los cuadros vibran. Igual que una energía especial nos recorre cuando estamos enamorados sucede también  con el arte. Sin necesidad de ver. A lo mejor solo después de oler.

Hay cuadros que me han retorcido el alma de manera inesperada, como un flechazo. Porque con reproducciones puedes intuir que una obra es más o menos interesante -las paginas webs de los museos y los Konemann son el meetic de los historiadores-. Pero ¡ah! ingenuo de ti. Cuando menos te lo esperas; cansado y con la cara de abatimiento de turista triatleta...entonces...lo encuentras. El amor de tu vida.

Y lo sabes porque se te ha metido ya bajo la piel; se ha acomodado muy dentro, tan a gusto. Los pelos se te erizan al llegarte ese calambre energético tan especial. La primera vez, tan desconocido. Y sabes que es el amor de tu vida porque te acompañará siempre. Queriéndolo un poco más cada día, si es posible. Aprendiendo un poco más cada día, si eso puede ser.

Y aunque a veces lo olvides, y tengas otras cosas que hacer, y otros amores, de repente... lo recuerdas. Y te vuelves a enamorar. Y recuerdas esa primera vez que os encontrasteis; y como no eres la misma persona gracias a él, y como esperas que él, gracias a ti, tampoco sea lo mismo.

"[...] esto es amor, quien lo probó lo sabe."
             
                   Desmayarse, atraverse, estar furioso. Lope de Vega.

Grandes amores forman mi museo imaginante, y por extensión, mi vida. Obras que he conocido, como no, en grandes museos. Vaya lugar para enamorarse, ¿no?

De algunas, como de La joven de la perla o La Victoria de Samotracia, ya os he hablado anteriormente. Hoy me he acordado de mi gran amigo, y compinche de aventuras: Pierrot. Un gran amor.

A Pierrot lo conocí un día de febrero en el Louvre. Recuerdo que ese año el Sena estaba a punto de desbordarse. Hacía una tarde tan desapacible que los dos encontramos refugio en el Louvre; yo temporal, él sempiterno.

Pierrot mide un poquito más que yo, 1.84. Lo que viene a ser un buen mozo. Trabaja de actor en la Comedia del Arte; no en la del Tívoli de Copenhague, la última en vivo que queda en Europa; si no en una más antigua: en el siglo XVIII.

Pierrot viste de un blanco brillante; aunque la vestimenta no le queda bien. Grande por las mangas, corto por las perneras. Le entiendo. A los altos nos suele pasar. La ropa nos cae, simplemente, como puede. No está el mundo preparado para adaptarse a individualidades.

Pierrot te mira triste, desconcertado y melancólico. Se siente adherido como un cromo a un fondo que no es el suyo. Probablemente a un trabajo que no es el suyo. Como tantos. Como el burro que sujetan como una soga, que nos mira insistentemente como los caballos de La carga de los mamelucos de Goya. Sí, el también está atado por unos seres que nada entienden. Un lúcido entre locos. Un sabio como bestia de carga.

Y así nos mira Pierrot; esclavo de un mundo que nada entiende. Rodeado de gentes que no son si no atrezzo en una actuación insignificante. Pero qué puede hacer él con su consciencia. Qué puede hacer Watteau con esta obra, la última de su corta carrera, cuando le toman por un mero pintor de fiestas galantes; cuando le consideran un mero decorador; cuando muy pocos entienden la profundidad de sus temas y sus reflexiones.

Y al verlo, nos sentimos culpables y responsables de pasar por la vida de puntillas, sin prestar atención: sin Mírale a los ojos. Te lo está diciendo. Te está advirtiendo. Te está llamando. El personaje que se gana la vida haciendo reír es muy distinto en reposo. Él también es una marioneta, pero se ha dado cuenta. Se ha tomado un momento de calma y nada tiene sentido a su alrededor. Tragedia y comedia se unen ineludiblemente sin dejar disfrutar de ninguna de las dos.
mirarle a los ojos.

"La vida es una tragedia para los que sienten, y una comedia para los que piensan".
                           
                                                                                                          Jean de la Bruyere

Hasta las pinceladas son más básicas: esenciales. El color: puro. El blanco en grandes movimientos. Y poco más. Un bodegón con figuras. Arte abstracto en el siglo XVIII. En ese momento en que creemos que todo era frenesí y placer y sin embargo fue el inicio del mundo contemporáneo, de sus miserias y contradicciones: el rococó.

Este estático personaje aún tiene mucho que contarme. Todavía tiene mucho que contarte. Sigue esperando que escuchemos su silencio. 

¿Qué te dice a ti?




sábado, 4 de abril de 2015

El Ministerio del Tiempo

Aunque me encuentro «cerrada por oposiciones» tengo amigos muyyyyyyyy pesados que llevan ya varias semanas con el come come de que me vea El Ministerio del Tiempo. Y no es que me diera pereza per se, pero es que…tengo que estudiar, ¿no?

Pero al final, sabiendo que son lectores de este blog, pensé que seguro que me lo recomendaban con conocimiento de causa. Además, sé que no son muy de orgullo patrio a lo loco; así que decidí darle una oportunidad.

Y eso que el esfuerzo es doble porque, por un lado, no puedo dejar de pensar en Isabel y en su magnífica cabecera que ya he elegido como epitafio visual, y me parecía que irme con el marido (¡el Príncipe de Maquiavelo, ahí es nada!) era equivalente, por lo menos, a ponerle los cuernos. [¡Qué todavía no le he perdonado que le quitara la corona a su propia hija…ay, si le pillo!]

Y luego está el hecho de que no tengo tele. Desde hace 17 años. ¡Y tan feliz! No sé ni que detergente limpia más blanco, ni qué coche es el más molón, ni que perfume te hace más atrayente…ni falta que me hace. Probadlo: vives más feliz que una perdiz. La única utilidad que le veo a la televisión es tenerla enganchada a una videoconsola. Por lo demás…

Pero no tener tele es no haber visto nunca de nunca –ni un capítulo ni medio– ni Periodistas, ni Cuéntame, ni Un paso adelante…la última vez que tenía tele echaban Al salir de clase. Con eso os lo digo todo (¡Qué serie, si salieron todos de ahí!).

Total. Que decidirme a ver una serie española me lleva vencer la pereza del nivel de exigencia BBC…y a conectarme a rtve a la carta. Que está fenomenal, no sé si os habéis dado del pedazo de archivo que tenemos con esta web. Y no es que yo trabajara en sus textos en la fase inicial, que también; pero ya desde la versión en Beta me di cuenta del potencial de esta página. ¡Chapó! Si es que tenemos de todo, oiga. 

Así que decidí por ver un capítulo a ver qué tal…y me terminé los cuatro que había. Del tirón. Y no me arrepiento. Bueno, a lo mejor cuando salgan las notas de ese examen. Pero por ahora me alegro del descubrimiento.

Y es que, como muchos sabéis (porque los lunes por la noche está todo el mundo en casa) en el Ministerio del Tiempo se viaja a través de puertas para arreglar cosillas del pasado que puedan afectar al normal desarrollo de la historia. 

Vamos, lo que nos gusta: que viajan a lo largo de la historia vestidos y peinados a la época, conocen a gente como el Lazarillo de Tormes, Picasso y Lope de Vega, y de vez en cuando hay algún mamporro y amorío para amenizar. ¿A quién no le va a gustar?

Otra amiga me dijo que era copia de Doctor Who. Bueeeeeeeeeno. La fantasía de viajar entre distintas etapas históricas creo que es tan antigua como el mismo concepto de historia. El que más y el que menos ha soñado con viajar al Antiguo Egipto, o a la Edad Media (¡me lo pido!) o a los felices años 20. Así que, creo, que en esto, no es que sea copia o no; es que el tema es original solo hasta cierto punto.

Desde mi punto de vista lo que más destaca, y lo que más me gusta, son esas pullas, chascarrillos y chanzas que, por otra parte, tanto nos define como pueblo, ¿qué no?. Porque, el momento en que el actor Rodolfo Sancho da como nombre ficticio en una posada Curro Jimenez o dice que la reina Isabel I le suena «de algo»…la vida dentro del arte, sí señor. Ya que este actor(azo) empieza a tener carrera como para auto referenciarse…¿por qué no?

Aunque no son las únicas. También hay algún «zasca» con temas actuales, con tópicos…y algunas gracietas más elaboradas como descubrir –por fin– porqué Velázquez aparece en las Meninas con el escudo de la Orden de Santiago si aún no se la habían concedido. Dar explicación a esto…fue...de nota.

Y es que la serie está, realmente, muy bien rodada, y saca provecho a la herencia de tve, empezando por el magnífico vestuario de todas las épocas: si solo tienen que pedir por esa boquita. Utiliza también muchas localizaciones que, personalmente, es algo que agradezco; porque no puedo más con las series grasiosas rodadas solo en un edificio. ¡Qué tostón! ¡Salid a que os dé el aire!

Y tiririn tiririn, mi debilidad: tiene una cabecera muy buena. Sí señor. Y esto son palabras mayores. Es relativamente original, moderna, bien realizada, con una música (sin letras) muy adecuada: realmente sintetiza o presenta bien la serie. Un acierto de Natalia Montes y USER T38 (sus efectos especiales son los que han dado la calidad de altura internacional a la serie). Me gusta el nivel que están adquiriendo estas pequeñas obras de arte.



Y es que, las cabeceras, no hay que saltárselas nunca. Qué sé que viendo descargadas es muy fácil pasar este metraje. ¡Pero no! Una cabecera te prepara para lo que vas a ver. Es una ruptura para que dejes lo que estabas haciendo, lo que estabas pensando, y te centres. Una ventana que te ayuda a pasar de la realidad a un mundo de fantasía. Las transiciones son importantes. En la vida y en el cine.

Así que, dicho todo esto, espero que os guste esta serie que ya tiene asegurada una segunda temporada. Hasta donde se pueden asegurar las cosas en la cadena pública, claro. ¡Y no os pidáis a Velázquez que es mi personaje favorito! Me parto con él. Bueno, si os gusta otro más contadme, pero no me digáis que no es un puntazo que un retrato robot te lo haga un artista de su talla. ¿Helllooooo?